Cualquier niño mexicano que se respete ha compartido el miedo al menos a una de estas cosas:
1.
El coco. Ente de aspecto incierto que si no te duermes te come sin preocuparse por su nivel de colesterol.
2.
La llorona. Presagio azteca convertido en histérica desmarañada que llora por sus hijos muertos, y que sádicamente me persiguió por el pasillo de mi casa de 1984 a 1986.
3.
La chancla. Instrumento materno que vuela tras de ti a la menor provocación. El respeto que impone sólo es superado por la típica sentencia: "Vas a ver cuando llegue tu papá".
4.
El viejo del saco. Pobre hombre que afila cuchillos o vende camotes y cuyo único crimen comprobado es anunciar su producto tocando un silbato de sonido amenazador.
5.
La olla "espres"...Ésta merece párrafo aparte.
La olla de presión, mejor conocida como la olla express o espres, ocupa un lugar importante no sólo dentro de muchas cocinas nacionales, sino también dentro del repertorio de historias de terror urbanas. Nora y yo comprobamos ayer que de niñas ambas habíamos oído y/o presenciado hecatombes protagonizadas por la mentada olla, mismas que nuestros amigos gringos parecían no compartir. De niña para mí "la olla espres" era un instrumento altamente peligroso que amenazaba con explotar cada vez que mi mamá la ponía sobre la estufa. Qué Hiroshima, ni qué Chernobyl, el poder destructivo de la cosa ésa era narrado de tal manera que yo sentía que teníamos un arma de destrucción masiva en la casa. Mujeres quemadas de por vida, tapas que saltaban y mataban por el impacto, cocinas casi destruidas, huerfanitos...Entiéndase que cuando a mi mamá le daba por hacer frijoles ya me hacía yo interpretando a Chachita en cualquier película de Pedro Infante. Lo cierto es que en mi casa nunca pasó nada -a diferencia de la casa de Nora donde parece que un día estalló la bomba y un pollo se embarró con tanta fuerza en el techo que después de 15 años aún pueden verse los daños- así que no entiendo por qué sigo viendo con cierto recelo a las mentadas ollas. Quizá porque no comparto la pasión de aquéllos que creen que vale la pena arriesgar la vida por un plato de frijoles suavecitos, o quizá, sólo quizá, porque odio cocinar.